Cuento Meritxell y Teresa

gatoElizabeth volvía a casa después de una larga semana repleta de emociones. Las escasas farolas iluminaban la solitaria calle mientras ella se zambullía de lleno en sus pensamientos.

-Ha sido un mes muy duro, quizás debería pedir un par de días libres, unas vacaciones, un año sabático…

A principios de mes su hermano Ethan le había dejado a cargo de su preciad gato persa. El minino era una bola de pelo, blanca como la nieve y suave como la seda con unos enormes ojos brillantes que parecían seguirla a donde quiera que fuese.

-Frusky es muy obediente, no te dará ningún problema y además, como vives sola te hará compañía en esa casa tan grande… Yo me lo quedaría, ya lo sabes, pero Eiden no soporta a los gatos y ahora que vamos a vivir juntos me es imposible quedármelo. Sé que estará en buenas manos contigo.- Se excusó Ethan

No hizo falta más, Elizabeth aceptó quedarse con su nuevo compañero, al fin y al cabo siempre quiso tener una mascota. Tal era el amor de su hermano por el animal que prometió ir a verlo a diario, acción previsible, pues había sido su fiel acompañante durante 5 años y ahora le era muy duro separarse de él.

Bastaron solo un par de semanas para que Elizabeth se acostumbrara a su nuevo inquilino. Frusky era silencioso y sorprendentemente dócil, no arañaba nada el mobiliario de la casa, comía su comida, jugaba con un ratón de goma y ocasionalmente se acercaba a su dueña para recibir mimos. Su afición favorita era esconderse en rincones oscuros y recovecos angostos y ocultarse allí por un tiempo. Lo que el felino hacía cuando Elizabeth salía de casa era un misterio para ella.

Ethan, por su parte, le visitaba a diario a escondidas de su novia, a la que le había dicho que el gato había fallecido, para que esta no se sintiera culpable por su obligación de regalar a su compañero.

A las dos semanas el gato se acostumbró a su nuevo hogar y el problema comenzó.

-¡Gatito bonito! ¿Dónde te has metido pequeñín?

Elizabeth lo buscaba desesperada por toda la calle. Mientras ella había estado en el trabajo, discutiendo como de costumbre con su compañera Alex con la que se disputaba un importante ascenso, el minio había salido por una de las ventanas y no había vuelto todavía a casa. Frusky estaría bien, sabría encontrar el camino de vuelta y si no algún vecino la alertaría, pero Elizabeth no tenía corazón para decirle a su hermano que el gato se había extraviado.
Tras media hora de búsqueda escuchó un maullido procedente de la casa de uno de sus vecinos.

La casa descansaba en la penumbra, ni una mísera luz alumbraba su interior y toda ella irradiaba un aire solemne de dejadez y soledad. La joven llamó a la puerta:
Toc
Toc
Toc
Pero nadie contestó.

Estaba segura de oír al animal en el interior, se acercó a la ventana y observó. En el interior se podía apreciar como un cúmulo de papeles descansaban, desordenados y esparcidos, sobre el suelo, con un Frusky juguetón y feliz en mitad de la estancia.

Elizabeth intentó atraer al gato hasta la ventana abierta, sin ningún éxito, pues él estaba entretenido con un grueso cordel de terciopelo que colgaba despreocupado de una de las oscuras cortinas.
Decidió entrar y recuperar a su mascota.

-¡Por fin te tengo, gato escurridizo! ¡Mira cómo has dejado todo esto!

Elizabeth empezó a recoger y ordenar sobre la mesa todo los papeles que habían desperdigados por el suelo.

-¿Qué es esto? En este documento aparece la foto del señor Thomson, pero los datos no concuerdan. Ni su nombre, ni su apellido, ni… Tiene que ser un error, todo esto…

-¿Qué demonios haces en mi casa?- Una voz grave y profunda la sorprendió a sus espaldas

Su vecino acababa de entrar por la puerta, era un hombre alto y corpulento, de mirada fría y penetrante. Elizabeth solo le había visto en un par de ocasiones, siempre a distancia, cuando iba o volvía del trabajo. Ahora que lo veía de cerca le parecía más imponente y especialmente, rabioso.

-Disculpe, mi gato se coló en su casa y entré para recogerlo y no molestarle. Solo quería recoger lo que el gato había desordenado, lo siento…

-Fuera de aquí, la próxima vez mantén a esa alimaña controlada y lejos de mí. Además te daré un consejo, no vuelvas a meter las narices donde no te llaman.

La mirada de su vecino le heló la sangre. Cogió a Frusky y puso pies en polvorosa hasta llegar a su casa, no sin antes escuchar un sonoro portazo procedente de la casa vecina.
A media noche recibió una llamada telefónica.

-¿Hola? ¿Quién es?- no hubo ninguna respuesta, solo el sonido estático y una respiración débil.

A la noche siguiente la acción se repitió varias veces, y siempre que preguntaba, recibía la misma respuesta. En alguna ocasión a Elizabeth le pareció incluso escuchar una risita del otro lado de la línea. Algo inquieta pensó que serían bromas de algún adolescente anónimo o alguien aburrido.
Al menos eso creyó hasta que llegó la primera nota de amenaza.
Durante una semana a diario estuvo recibiendo notas amenazantes e hirientes, cargadas de insultos y odio.
No dormía por las noches, su rendimiento en el trabajo bajaba y vivía con miedo.

Su hermano también estaba preocupado, ahora la visitaba incluso más a menudo y la incitó a llamar a la policía.

Los nervios d Elizabeth estaban a flor de piel.

Una noche la calle se llenó del sonido de las sirenas de policía. Los cristales de la casa estaban rotos, el interior estaba revuelto y las paredes estaban repletas de insultos y amenazas escritas con spray rojo.
Afortunadamente ningún objeto de valor había desaparecido y el gato descansaba pacíficamente sobr el césped del jardín como si nada hubiese pasado.

Los policías tomaron declaración a Elizabeth y le ofrecieron una manta y una llamada telefónica. Afortunadamente el seguro cubriría todos los daños y ella estaba feliz de no haber sufrido ningún daño.
Tras interrogar al vecindario, los oficiales de policía buscaron al último vecino que les faltaba: el señor Thomson.
Este se negaba a abrir la puerta de su domicilio, y tras contrastar la información dada por Elizabeth decidieron investigar de cerca al hombre. Al parecer había adquirido una nueva identidad 5 años atrás, cuando se mudó al barrio. El supuesto señor Thomson era en realidad James H. Hikyns, un ladrón de poca monta que tras dar su último golpe se había retirado y estaba siendo buscado por la policía.
La intrusión de Elizabeth en su casa había puesto en peligro su tapadera y ahora intentaba escapar. Había conseguido incluso los billetes de avión a Florida, donde tenía pensado comenzar ora vez de cero.

Los agentes se lo llevaron esposado y Elizabeth pudo por fin soltar un suspiro de alivio. El seguro le aseguró tenerlo todo listo en un par de días. Mientras tanto ella y Frusky descansaron en casa de una amiga cercana.

Ahora por fin había vuelto a su casa y se sentía aliviada. El nuevo color de la fachada resplandecía incluso en la oscuridad y la calle estaba, como de costumbre, tenuemente iluminada. Podía oír el ladrido de un perro a lo lejos. Sus tacones nuevos resonaban por todo el vecindario sobre la acera. Por fin estaba de nuevo en su hogar. Ese día había salido especialmente tarde de trabajar y no había ningún vecino a la vista.

Al legar a su casa abrió la verja, caminó sobe el camino de piedra hasta la puerta y la abrió. Al entrar encendió las luces y atravesó el pasillo que llevaba al salón. Al entrar vio a Frusky, agazapado en lo alto de una de las nuevas estanterías, erizando su cola de forma amenazante. Tras ella escuchó una voz femenina y lúgubre.

-Te estaba esperando.

En un rincón oscuro estaba sentada una mujer joven, de ojos fríos y con restos de lágrimas en sus mejillas que la miraba fijamente. Se levantó lentamente del sillón donde estaba, y caminó lentamente hacia ella.

-Te he estado esperando un par de noches en realidad… Verás, no fue buena idea que mi novio te diera ese maldito gato, ¿pensabais que no me enteraría? ¿Que sería tan tonta como para no averiguar que tiene una amante? Él me dijo que ese bichejo había muerto, pero cuando vino a vivir conmigo noté que pasaba a diario mucho tiempo fuera de casa, y cuando un día le seguí vi como entraba aquí, pasaba un par de horas y se iba.

La mujer había cruzado el salón y estaba ahora muy cerca de Elizabeth, la cual había quedado petrificada por el miedo y solo acertaba a asentir.

-Pensé que no tenía por qué ser nada, que éramos felices, pero dejé de pensarlo cuando las visitas se repitieron. Y un día tu- le dedicó una mirada amenazante mientras elevaba la voz- te despediste de él en la puerta, con ese maldito animal en los brazos. Le dí una oportunidad de confesar, de ser sincero, de arreglar nuestra vida juntos, pero cuando le pregunté por el gato negó que este estuviese todavía vivo o que tuviera una amante.

Ahora estaba lo suficientemente cerca como para que Elizabeth viera el cuchillo que tenía en la mano.

-Estás confundida, yo solo soy su hermana- dijo retrocediendo.

-Mentiras, todo sucias mentiras… ¡Estoy harta!- dijo mientras el rímel de sus ojos manchaba sus mejillas con las lágrimas y levantaba el cuchillo.

Tras un forcejeo Elizabeth logró quitarle el cuchillo, con algunas heridas superficiales, y la derribó en el suelo. Pronto la enajenada invirtió las posiciones y se colocó encima.

La noche transcurrió repleta de arañazos, mordiscos, golpes, patadas, objetos rotos y muchos, muchos gritos, que no parecieron alertar a ningún vecino. Mientras, el felino espectador miraba la escena cómodamente desde lo alto de la estantería, balanceando su cola y estirándose, viendo como degeneraba aquella lucha trágica.

Al día siguiente el único sonido que se escuchaba eran unos pasos que entraban en la casa.

-Hola hermanita, he venido a ver com…

Lo que vio en el centro del salón le horrorizó. Tumbada en el suelo y sobre un charco de sangre estaba su hermana, que presentaba diversas heridas defensivas y un profundo corte en el abdomen hecho con un cuchillo. La pobre habría muerto desangrada mientras se arrastraba hacia la salida en busca de auxilio.
El otro cuerpo que reconoció como el de su novia, sin embargo, no presentaba ninguna herida más que un par de moratones. Por la posición debía haberse golpeado con la nuca contra la mesa cuando su hermana intentó zafarse.

Y así, Ethan salió sumido en llanto al jardín para llamar a la policía, mientras, Frusky se divirtió jugando a sacar de las cuencas los ojos sin vida pertenecientes a la agresora que había intentado separarle de su amigo y amo. Ahora todo volvería a la normalidad, volvería a su casa, con su verdadero dueño y no se volverían a separar… jamás.

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3 thoughts on “Cuento Meritxell y Teresa

  1. Es una historia original y, sinceramente, pensaba que el asesino iba a ser Frusky. Interponer primero la historia del vecino para quitar momentáneamente la atención de los protagonistas y llevarla a una historieta secundaria ayuda a que luego, cuando hay alguien en casa de la hermana se puede llegar a creer que es el vencino rencoroso y con sed de venganza. El léxico que habéis utilizado es muy bueno y a su vez difícil (en el buen sentido). En general, me ha gustado mucho.

  2. La historia es muy original, poner al gato como el causante de toda la tragedia es único, además que está muy bien elaborado y estructurado. Pero por ponerle una pega, no deja claro quién es el que acosa con las llamadas y las pintadas a Elizabeth, aunque es cierto que también le da cierto aire de misterio. Lo que más nos ha gustado ha sido el final tan espeluznante del gato con las cuencas de los ojos.
    (Seguimos indignadas con vuestro comentario a nuestro final)
    Besos
    María Gaspar y Patricia Vera

  3. ¡Vaya, nunca hubiese imaginado que un gato pudiese causar semejante tragedia!
    El cuento es muy original y está bastante bien detallado. La extensión es la justa como para mantener el interés y no cansarse. Lo cierto es que no imaginaba que el gato que práctimente pasa desapercibido en la mayoría de la historia -al menos, para mí- llegase a ser el causante de todo y encima, sacarle las cuencas de los ojos a la chica que lo había separado de su amo. Ha sido muy original, la verdad.
    Lo que más nos ha gustado ha sido como habéis incluido con tanta facilidad historias y perspectivas secuendarias a la historia principal.
    ¡Enhorabuena, queremos más cuentos como éste!

    Jorge Cuenca y Mireia Sánchez.

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