CUENTO DEL VIAJE PATRI

Vivimos dentro de una caja de cerillas, de una que solo abren cuando somos realmente necesarios sino, siempre está cerrada, cerrada a otros mundos y personas, a otras realidades muy distintas de las quieren evitar que conozcamos.

Sam recibe el correo que tanto esperaba, por fin, después de todos estos años en paro, podría volver a trabajar como reportero pero ahora con un nuevo destino: Sur-América. No le importaba para nada, no aguantaba mucho más tiempo sin hacer nada y sin parar de echar currículums. Tenía que partir lo antes posible así que se puso manos a la obra con la maleta y los billetes. Con mucha delicadeza fue doblando y metiendo cada una de esas camisetas de marca en la maleta. Siempre había reconocido que era un chico pijo y que nunca le había faltado de nada.

Ya en el avión, Sam conoció a Alex, el chico que iba a realizar el trabajo junto a él con el objetivo de bordear toda la costa oeste para grabar un documental sobre la vida en otros países. Ya desde las vistas del avión mientras aterrizaba eran muy diferentes respecto a Europa. Llegaron a aquel lujoso hotel de Venezuela en el que se iban hospedar estos días. A lo mejor para ellos podía haber algo más lujoso que aquello pero era lo mejor de la capital. Cansados del viaje decidieron descansar y empezar el trabajo al día siguiente.

Ya por la mañana, ambos, cogieron todo lo necesario y partieron en un taxi hacía las indicaciones que les habían dado. Desde fuera se podía ver un gran edificio, de por lo menos más de 45 pisos de altura, el cual estaba muy cerca de la gran ciudad. Allí esperaban encontrarse importantes empresarios que les diesen las indicaciones correctas pero lo que descubrieron fue completamente opuesto a eso. El interior daba miedo, todo estaba muy deteriorado, las escaleras tenían muchos de sus peldaños rotos y faltaban todas las barandillas. Al ver ciertos restos de sangre seca Sam pudo imaginar la cantidad de accidentes que se habían producido allí. Desde abajo ya se escuchaba bastante murmullo de las plantas de arriba pero no se imaginaban lo que podía haber. Se quedaron parados los dos, mirando a su alrededor hasta que la voz de una mujer les sacó de sus pensamientos.

  • Vosotros debéis de ser Sam y Alex, yo soy Ángela, de las pocas que se preocupa por este edificio y todo lo que hay dentro de él.

Tras presentarse Ángela empezó a subir hacia arriba y ellos un poco asustados la siguieron.

  • Más de 2000 familias están alojadas aquí desde que este edificio fue abandonado – iba contando mientras subían un piso tras otro- como podéis ver hay montones de basura por todos lados y las condiciones tanto del edificio como de higiene son nulas. El gobierno no quiere saber nada de nadie y yo soy una de las pocas personas de mi organización que queremos ayudar a estas familias que antes vivían en la calle.

Sam no paraba de pensar la diferencia de aquel edificio que era tan bonito por fuera y tan pobre por dentro. Aunque pensándolo, esto es lo que nos venden a todos hoy en día, la parte más bonita de los países.

Un montón de niños andaban corriendo y jugando por aquellos pasillos y terrazas tan peligrosas como las escaleras.

  • Este edificio es “una metáfora del país” en la que se puede ver el fracaso del capital y la industria privada del Estado, que solo produce caos y vacíos legales; de las iniciativas horizontales como las cooperativas habitacionales porque en el espacio de la torre se reproducen todos los defectos de nuestro país: caciquismo, burocracia, dogmas de fe, juegos de poder, exclusión, violencia, precariedad sanitaria, etc.

Sam y Alex no podían dejar de atender todo lo que les decía. Como de un pequeño edificio, comparándolo con todos los de las grandes y ricas ciudades, podía decir tanto de un país.

Estuvieron hablando con algunas de esas familias. Estaban contentos por tener un techo en el que refugiarse cada día pero las condiciones no eran nada buenas. Le asombró bastante lo que le contó uno de ellos: “los países subdesarrollados como este seguimos siendo lugares exóticos donde suceden cosas exóticas que generan interés internacional. Todos saben de nosotros y nuestras condiciones en todo el continente pero nadie hace nada. Por una parte pensamos que al gobierno le conviene nuestra situación. Nos pagan la luz para que podamos ver la televisión. Piensan que no nos enteramos pero sabemos que nos quieren mantener ocupados para que no protestemos contra ellos. Pero, aunque parezca que nos rendimos, muchos pobres no podemos hacer nada contra unos pocos ricos que pueden acabar con nosotros cuando quieran.”

Sam no empezaba a encontrarse bien, no aguantaba ver todo aquello y tuvo que salir fuera, solo, apenas podía respirar, no sabía si por los olores o condiciones de aquel lugar o realmente sentía dolor por dentro al ver toda aquella gente sufrir y que no podía hacer nada. No tenía nada que ver con su vida de antes y fue cuando realmente se dio cuenta de que este iba a ser un viaje muy duro.

Volvieron al hotel y tenían un par de días para ellos. Decidieron ir a ver la ciudad pero Sam no dejaba de dirigir la mirada hacia aquel edificio que se veía desde las partes más importantes y visitadas.

Su próximo destino era Colombia. Durante el viaje Sam empezó a leer el informe donde no había rastro del hotel en el que se iban a hospedar. Sorprendido, empezó a leer las últimas frases: “Hemos considerado cambiar tu estancia del hotel a una de la casa de los barrios donde vive toda la gente para que el reportaje tenga más información sobre el día a día de todas aquellas personas. Espero que no sea ninguna molestia, se te será recompensado a tu llegada.” A Sam no le dejaban de venir imágenes otra vez de aquel edificio. Tal vez no se esperaba nada bueno, pero otra cosa era la realidad.
Al llegar bajaron del avión y subieron a un helicóptero. El piloto les contó que los dejaría a las afueras de aquel barrio, a apenar dos kilómetros que después tendrían que recorrer andando. La razón era que si veían el helicóptero había posibilidades de que fuesen todos hacia ellos para intentar subir o conseguir algo.

Durante el camino, Sam se dio cuenta de que su ropa no era muy cómoda para esas situaciones y al mirar a Alex deseo haber tenido ropa como aquella. Alex ya sabía a lo que venía y parecía que ya había estado por aquellos sitios. No se impresionaba de la misma manera que él al ver todo aquello o no le importaba tanto como a él todo lo que veía.
Tras media hora, llegaron a un gran pero a la vez pequeño barrio. Era confuso, se podía ver las últimas “casas” a lo largo de aquellas “calles”, pero la multitud de gente la hacía parecer enorme. Había muchos niños, jugando, corriendo y riendo por todas partes. Era imposible no reír con aquella risa tan contagiosa y tierna. Por otra parte impactaba ver a otros, algo más mayores, con navajas persiguiendo animales o incluso entre ellos. En cuanto se fueron acercando más y la gente los empezaba a ver no paraban de mirarlos. Llamaban bastante la atención, en particular Sam. Nadie llevaba la ropa y zapatillas tan limpias ni el pelo tan bien peinado como él.
Ambos se iban a quedar en unas cabañas un poco más alejadas donde más gente como ellos habían ido  pero habían terminado quedándose.
Llegó la noche y todo se quedó desierto. Solo se escuchaba a gente comprando y vendiendo droga e incluso algún grito y disparo. Era difícil conciliar el sueño sabiendo el peligro que hay a tu alrededor. Con el poco tiempo que llevaba allí ya echaba de menos la seguridad de poder salir a tomar el aire. Al día siguiente Alex y él salieron en busca de algunas fotos. Eirene, una periodista que llevaba allí casi un año insistió en acompañarles.

  • Me sorprende que esto sea un proyecto que os hayan mandado. Normalmente nadie quiere saber nada de estos temas y eres tu personalmente la que tienes que hacerlo. Pero como periodista tienes que pensarlo muy bien antes de comenzar a escribir. Te han amenazado tantas veces que el gesto violento ya te parece protocolo.

Eirene les había explicado las veces que el gobierno le había amenazado por artículos y fotos de todo aquello que no querían que se publicase. Mientras ella hablaba ellos no dejaban de hacer fotos y escribir alguna que otra cosa. Era increíble como aquellas cuatro pareces que ni si quiera eran sólidas se podían sostener por si solas con solo unos palos. Se fueron alejando más, por donde los niños solían ir a pedir dinero a otras barriadas o a por algo de agua.
Mientras hacía una foto, vio por el objetivo a un niño que se le quedó mirando. Estaba apoyado en un muro de piedra en lo alto de aquella pequeña colina. Al apartarse la cámara de la cara lo vio mejor. Coloco la cámara en el suelo, abrió su mochila y saco una de sus camisetas. Se acercó y le cambió esa sucia y rota chaqueta por su camiseta. Aquel rostro triste que se veía en el niño cambio con el gesto de Sam. Sin que se lo esperase, el niño se le abrazo durante un instante y luego salió corriendo. Nunca se había sentido tan bien como ahora así que cuando llegó a su cabaña, antes de marcharse, sacó la mayoría de su ropa e hizo lo mismo con los niños de por allí que reaccionaron igual que el primero.

Aquellos tres días en Colombia le había parecido poco. Aunque no tenía nada que ver con su cotidiana vida, había algo que le atraía. Ahora tenían que marchar hacia Ecuador. Esta vez sí que estaban en un hotel, cosa que entristeció y alegró a Sam a la vez. Le apetecía tener todas aquellas comodidades que había tenido siempre. Estaban dentro de la ciudad pero un poco a las afueras donde las condiciones no eran las mismas.
Mientras iba caminando por aquellas calles llenas de gente de apariencias tan opuestas apareció un hombre corriendo y a los poco segundos, pudieron presenciar como otro le tiroteaba por la espalda. Este, les miro con mirada amenazadora y salió corriendo ocultándose bajo una gorra. Fue difícil salir del estado de shock. Algunos enseguida vinieron a socorrer al herido, posiblemente ya muerto, mientras llamaban a la policía. Sin embargo había gente que pasaba por al lado como si de un cotidiano espectáculo se tratase. Sam no se encontraba bien viendo toda aquella sangre y decidieron irse al hotel. Se sentía en peligro y estaba atento a cada pequeño sonido que escuchaba. Echaba de menos aquella cabaña de los días anteriores. Pocas veces volvieron a salir esos tres días que estuvieron allí. Aquel momento no dejaba de pasar por sus cabezas y había sido la causa de algunas pesadillas esas noches. El último día decidieron salir de allí e irse camino al aeropuerto. No les importaría dormir en una silla, solo querían olvidarse de aquello.

A la mañana siguiente ya iban de camino a Perú, su último destino de aquel corto pero intenso viaje. Al llegar con el Jeep a la zona de Lima en la que iban a estar les recordó a Colombia, pero incluso aquello era peor. No tenían agua potable, o algún sitio de donde poder cogerla. Pocas de las familias tenían un barril de plástico que llenaba una cuba cada semana. En los barriles más grandes, algunas familias los compartían y los trasportaban a sus respectivas casas. Cuando Sam fue a beber de aquella agua su sed desapareció. Aquella no tenía buena pinta ni estaba seguro de que fuese fiable beber de ahí.
Era duro vivir todo aquello pero Sam disfrutaba regalando cosas y haciendo trucos a los niños para que se rieran. Lo que para nosotros era un trozo de plástico malo y aburrido, para ellos era un nuevo mundo por descubrir.

Antes de irse, ya de vuelta a Europa, acudieron a un espectáculo que iban a organizar en su nombre. La gente disfrutaba con esa melodía y los niños bailaban unos con otros. Viendo a todos, Sam comprendió que había desperdiciado mucho tiempo de su vida sin hacer nada, sin cuestionarse o tener la voluntad de querer averiguar algo más de lo que pasaba.

Al llegar a casa no dejaba de pensar en todos aquellos niños. Le gustaría estar en ese momento con ellos jugando y enseñándoles cosas nuevas. Pero tenía que empezar a escribir y diseñar el reportaje. Tenía poco tiempo y ahora lo tendría que hacer solo al abandonar Alex, diciendo que no le interesaba todo el trabajo y no quería perder más tiempo.

Dos semanas y ya estaba terminado y tenía que presentarlo. Unos días después, el mismo que se dirigía hacia la oficina para recoger su cheque por su trabajo, el reportaje se publicó.

Como era de esperar, mucha de la información había sido sancionada y muy retocada.
Teniendo el cheque en un a mano y el articulo en otra comenzó a pensar que ya era hora de dejar de perder el tiempo, pero de perder el tiempo sin hacer nada viendo como las cosas pasan y no se hace nada.
Tal vez aquel trabajo había sido el peor que había tenido en valorar su trabajo pero agradecía haberlo encontrado para poder darse cuenta de muchas cosas.
Ya era hora de salir de la caja de cerillas y tener una razón por la que levantarte todos los días, y para él eran todos aquellos niños que no habían podido salir de su cabeza desde la primera vez que los vio.

 

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