Tema 1: El canon

Teoría: El canon

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Apéndice: Respuestas a los problemas planteados

¿A qué me suena? ¿Qué significa “canon literario”?

El canon se relaciona en distintos ámbitos de nuestra sociedad con tasas (el “canon digital”), medidas y listas, lo cual no le proporciona valores positivos, sino casi exclusivamente restrictivos.

Etimológicamente procede del griego y significa “vara de medir”, es decir, medida. Con ese sentido fue usado por los primeros cristianos para denominar los acuerdos de sus asambleas acerca de sus normas comunes. También fue utilizado por los músicos para referirse a una composición musical polifónica en la que una voz es imitada por otras que la siguen. Los expertos en literatura, desde hace un milenio, han identificado el canon con una lista de obras que era necesario conocer e imitar. Pero antes de que se usara tal término, ya existía la práctica cultural de seleccionar un grupo de obras como clásicos relevantes por parte de sus herederos en el horizonte de la misma lengua, pueblo o cultura.

Lo más interesante de la investigación sobre los cánones consiste en reconocer que el aprendizaje humano se funda sobre esquemas previos, que marcan la medida de una práctica social determinada. Los psicólogos del desarrollo describen “formatos canónicos” que facilitan la adquisición del lenguaje verbal y gestual por los niños. La psicología cognitiva ha elaborado una o varias teorías para estudiar el funcionamiento de los prototipos en nuestra manera de concebir la realidad, a través del lenguaje. La “semántica de prototipos” comprende que nuestros conceptos sobre la realidad no son metafísicos ni objetivos, sino que crean imágenes estilizadas en virtud de modelos establecidos socialmente como “normales”: el perro más común, la montaña picuda.

Cuando hablamos de seres humanos, esa tendencia puede ser (y de hecho, suele ser) excluyente e ideológica contra quienes no se ajustan al prototipo. Las mujeres frente a los varones, como si estos fueran más típicamente humanos y ellas formaran “otra especie” (¿). Los homosexuales frente a los heterosexuales, las “personas de color” frente a los blancos (siendo así que son una minoría), etc. Los niños y las niñas, desde muy temprano, son sometidos a claras separaciones que no se justifican sólo por la diversidad biológica, sino que atañen a su identidad cultural de género. Dicho de otra manera, tienen que aprender estereotipos para identificarse en una sociedad como mujeres u hombres con roles ya establecidos, como si los hombres no pudieran cuidar de otros niños o colaborar en tareas domésticas, ni las mujeres tener gusto por actividades enérgicas y deportivas. Los psicólogos sociales explican el modo en que esos mecanismos perceptivos se generan por medio de la educación, el modelado o la sanción.

Parece que los humanos no podemos evitar construir esquemas previos antes de conocer lo desconocido y, concretamente, a personas nuevas. Solemos prevenir tales situaciones con ayuda de los estereotipos que hemos recibido de otros. En tales casos no se puede siquiera justificar que los tipos sean una síntesis de la experiencia más común, porque no tenemos experiencia ninguna. También suele ocurrir que una experiencia insuficiente o un aspecto de lo vivido sea convertido en concepto proyectable contra una persona o un grupo social en su conjunto: los negros o los gitanos son perezosos, las mujeres no saben conducir… ¿los blancos son asesinos y genocidas?

Así pues, hay que andarse con mucho cuidado al usar los cánones. Tenemos que empezar por reconstruir su historia, conocer su origen y sus causas, así como su evolución, para saber, en conclusión, si nos sirven de algo hoy o si antes sirvieron para fines hoy periclitados o, por último, si deben ser transformados.

¿Cómo se forman los cánones?

La memoria cultural, establece los cánones para orientarse en el amplísimo caudal de la tradición. En un sentido amplio, las primeras formas canónicas son los géneros que surgen en el proceso de la memoria oral, los cuales se refieren a contextos diferenciados socialmente, sobre los que trataremos en las siguientes unidades: el género del canto solitario, el canto coral, el relato alrededor del fuego, la pantomima y la burla, los enmascarados para representar un papel, etc. Posteriormente, o de manera simultánea, los cánones seleccionan aquellas obras de la memoria cultural que deben ser conservadas y transmitidas, a diferencia de otras que acaban olvidándose. Así pues, el efecto de un canon demasiado exigente puede ser aniquilador.

Los cánones establecen los grados de relevancia en el conjunto de la tradición oral y, posteriormente, en la tradición escrita. Pero el paso de la oralidad a la escritura supuso un cambio radical sobre el proceso que decidía acerca de los cánones. Durante dos milenios, el ejemplo más influyente sobre la formación del canon ha sido la Biblia. Tanto la Biblia hebrea como la cristiana proceden de tradiciones orales que constituían la memoria colectiva, aunque los hechos a que se refieren, en un caso, ocurrieran muchos siglos atrás (el origen del ser humano, el éxodo) y otros, a unas decenas de años o un siglo. Sin embargo, ambas religiones se preocuparon de convertir la memoria oral en textos escritos; y, después de hacerlo, al cabo de un periodo en que convivía la oralidad con la escritura, un grupo de letrados terminó por controlar su uso y sus funciones. Algo similar podríamos decir de las grandes obras literarias: los clásicos. La poesía de Homero se recitaba en cualquier familia griega. El teatro reunía a la generalidad de los varones libres (y es probable que a las mujeres). Sin embargo, durante la edad media, de largos siglos, el teatro estuvo prácticamente prohibido. Tuvo que nacer otra poesía, épica y lírica, a partir de nuevas memorias colectivas.

No es casual que la cultura oral siga dependiendo de la totalidad de un pueblo para producirse y reproducirse, mientras que los textos escritos sean celosamente guardados por unos agentes separados de la comunidad. Los romances, primero, y el teatro barroco, después, fueron los géneros más populares, hasta la llegada de la novela y su auge en el s. XIX, a su vez desplazada, en parte, por el cine. La alfabetización de la muchedumbre y la democratización de la cultura han provocado, obviamente, que la formación de los cánones sea menos elitista.

Lo que se plantea en esta época no es, simplemente, que eliminemos los cánones, cosa imposible, además, por motivos psicológicos y sociales; sino que abramos un espacio abierto y un debate razonable acerca de cuáles son las obras que preferimos, es decir, cuál es el canon de cada persona y cuál podría ser el que todos o la mayoría compartamos.

¿Cuál es su función, si es que sirven de algo?

En su sentido más amplio, los cánones tienen una función interpersonal. Configuran la memoria cultural y los símbolos que nos permiten entendernos, de similar modo que la lengua común. En nuestra época, el espacio de la memoria se ha ampliado enormemente, hasta abarcar todo el planeta. Pero eso no quiere decir que no necesitemos una memoria común, con el aporte de otros pueblos y culturas, como también aprender otras lenguas.

La función social del canon se realiza por medio de instrumentos útiles, tales como las antologías que reúnen los fragmentos supuestamente mejores o más representativos, con el riesgo de perdernos el valor y el sentido del conjunto: el texto de donde proceden dichos fragmentos. Por su parte, las bibliotecas no son meros almacenes de libros, sino que responden a decisiones de personas que construyen un canon, cada vez más por solicitudes de sus usuarios. En las escuelas comenzamos por leer ciertos libros que se consideran más valiosos. Pero habría que saber, al menos, quién es el “se”.

Hay quienes consideran que la selección de las obras y los valores de que dependen no son resultado de su función social ni su interés humano, sino una función natural o suprahumana. Hay ideologías que legitiman la exclusión y la aniquilación de los otros (no de sí mismo, por lo general) en nombre del dogmatismo, la pureza, o una especie de darwinismo social. No es casualidad que empezásemos hablando del “canon humano” para despejar dudas a este respecto. Pero si alguien tiene argumentos que aportar en tal sentido, será escuchado. Al menos, mientras no haga uso de la violencia para demostrar sus asertos.

¿Quiénes deciden sobre el canon?

Hemos dejado esta pregunta pendiente: ¿Quién es el “se” que decide acerca de los cánones? El hecho mismo de que nos lo planteemos es un signo de lo que llamamos la modernidad, a diferencia de una minoría de edad o una ignorancia resignada a aceptar lo que nos echen.

El canon popular, en el origen de los géneros y de la memoria cultural, era establecido, a grandes rasgos, por las preferencias de la comunidad, en razón de su relevancia para la vida. Los cánones institucionales comienzan por salvaguardar esa función, pero se convierten en instrumentos al servicio de los privilegiados: la palabra clásico procede del latín classis “clase superior”. Durante varios milenios, quienes han decidido lo que era valioso y debía conservarse eran el poder imperial, el estamento clerical (no sólo en occidente, también en oriente), las universidades medievales, la burguesía que ganó la partida a la aristocracia.

Sin embargo, buena parte de las mejores obras del canon de la Literatura Universal son fruto de actividades dirigidas hacia una muchedumbre, más o menos plural: el teatro clásico de Atenas (a pesar de su nombre), la lírica medieval, el teatro barroco (Siglos de Oro, teatro isabelino inglés), la novela moderna, la poesía posterior a las vanguardias, cuando la lírica volvió a atender al gusto popular: Lorca, Miguel Hernández. Así pues, el canon de la muchedumbre, además de producir las modas, lo que sólo parece relevante por un día o dos, también ha dado lugar a los “clásicos populares”.

Desde el Renacimiento y, todavía más, desde el romanticismo, también hay que hacer caso a las obras que han surgido como resultado de la “autonomía del arte”, respecto del dominio de una aristocracia o una tiranía de las masas. Como veremos, el canon de los artistas ha contribuido a trascender las limitaciones que ponemos a la creatividad, a la reflexión sobre el Misterio y a la libertad de expresión. No es solamente un mito, sino que puede comprobarse que muchos artistas sólo fueron conocidos y leídos al final de su vida o cuando ya no podían celebrarlo. Probablemente, para ellos, la obra tenía más valor en sí misma.

¿Cuántos cánones hay?

Ya hemos visto que hay tantos cánones como personas. Lo comprobamos al poner en común la selección de cada cual.

Pero en un sentido social y cultural, los cánones que tuvieron mayor influjo en la cultura occidental fueron los clásicos greco-latinos, sobre todo a partir del Renacimiento; y el canon bíblico, es decir, la memoria de Israel, junto con los evangelios. A partir de la edad media, comienzan a formarse los cánones nacionales, aunque el clasicismo los mantuvo a raya hasta el romanticismo, cuando se convirtieron en emblema de la burguesía y de los nacionalismos. También de esa época procede lo que llamamos “Literatura universal” (Weltliteratur, en palabra de Goethe), para referirnos a todas las literaturas que existían, de hecho, en el planeta y que hemos ido conociendo por cuentagotas, hasta tiempos recientes. Tanto es así, que el debate sobre cuál sea el canon de la literatura mundial se ha planteado en las últimas décadas. Hasta entonces, e incluso ahora, hay teóricos que defienden sin avergonzarse que la más mundial de las literaturas es la suya.

¿Quiénes forman parte del canon de la literatura universal?

Esa pregunta puede responderse con un estereotipo o con un prejuicio, pero vamos a evitarlo en lo posible. Digamos que el canon del grupo de alumnos que estudia Literatura Universal no empieza de cero, sino por siete obras que vamos a comentar de modo más profundo.

Pero el canon sigue abierto y sólo puede ir perfilándose a medida que vayamos revisando las etapas de formación de las literaturas occidentales, desde su origen en el Oriente Próximo y en Grecia, hasta alcanzar a otros pueblos y culturas.

Nos sirven de orientación algunos referentes: premios internacionales como los Nóbel, las “listas” que proponen los medios de comunicación e Internet (“cien, cincuenta, veinte mejores”) o las bibliotecas de papel y digitales. Pero no son autoridades incuestionables, a diferencia de otros tiempos.

También nos encontramos referentes equívocos o poco fiables: p.ej. los best-sellers. Otros son personas de gran prestigio académico, que tienen asegurado un reconocimiento por los medios, p.ej. Harold Bloom. Es probable que tengan parte de razón y también que se equivoquen gravemente, sobre todo cuando presumen de “poseer el canon”.

En el ámbito de la cultura global y de la humanidad que comparte símbolos, gustos, preocupaciones, pasa lo mismo que en un pequeño pueblo o aldea. La memoria configura el canon y ambos son manifestaciones del servicio común a la vida.

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